no hay dos sin tres



Gracias, mi querido F al cubo por saber hurgar.

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ib, terminé tu libro en un par de días, hace una semana. Me gustan la voz y la mirada de Noelia, su manera abarcadora de hablar de la vejez, el extrañamiento, la lentitud, el egoísmo, las pérdidas, los muertos y la idea de hablar con ellos ante la remota posibilidad de que puedan escucharnos.

No recuerdo quién dijo que llegamos a una edad donde sentimos que todos los libros hablan de nosotros y hay algo en el tuyo que siento cercano: esas escenas de Noelia con su hermana y cuñado, ambos en el umbral de la muerte, y que me recordaron los últimos meses de mis padres, cuando se replegaron sobre sí mismos, llenos de temblores, y se dedicaron a revisitar su pasado.

Qué bien que la narradora tenga ochenta y tres años, que se invente nombres y parentescos, que lleve semillas en la mano y camine por calles lentas, que aún mire asombrada a su alrededor y capte la idiotez y la maravilla que la rodea a pesar del cansancio de los cuidados.

Ojalá más libros protagonizados por octogenarios que tengan esta luz y este poco de sombra. 

Y me he reído en más de una página, ib, una risa parecida a la que me produjo Desayuno de campeones. A veces me gusta imaginar cruces de libros y personajes, y mientras leía pensé en un encuentro entre Noelia y Ferdy el viejo. Sería homérico.

Qué bien leerte, ib, que tus libros me lleguen dentro, que tenga que levantarme a por un lápiz para subrayar frases como “todo está roto desde siempre”.

Muchos abrazos saltando.