insomnio

(prisioneros en el espacio, ¡uníos!)
Cuando no puedo dormir recito para mis adentros los 50 estados de Estados Unidos con sus correspondientes capitales. Suelo dormirme en Iowa. Pero si alguna vez llego despierta a Missouri, me desvelo. Hoy me he acordado de Don Juan Moreno Casasola en Ohio. Don Juan era el médico de cabecera de mis padres. Mi médico era Don Rafael Mesa. Me gustaba ir a su consulta. En el centro de la sala de espera había un sofá circular de escai verde en forma de flan. A Don Juan sólo recuerdo haber ido dos veces. Una, muy pequeña, de urgencia, con un dolor intenso de estómago. La sala de espera estaba llena. Al llegar vomité algo muy oscuro que mi madre y la enfermera identificaron como sangre. Nos dejaron pasar. Nada más mirarme la lengua y palparme el vientre, Don Juan me preguntó si había comido chocolate. A los médicos no se les miente, había oído decir: Una cajetilla entera. Entonces no estaba mal visto vender cigarrillos de chocolate para niños (como ahora parece normal el Champín en las fiestas infantiles). La segunda vez tendría 6 ó 7 años y era una experta en puzzles de mil piezas, beberme tebeos de Pumby e inventar historias. No necesitaba más. Si las niñas venían a buscarme para jugar le pedía a mi madre que les dijera que estaba castigada. Además solía meterme en el armario a pensar o, según mi madre, me quedaba demasiado tiempo pensativa. Acabé en la consulta de Don Juan. La consulta estaba en su casa, entrando a la izquierda, una casa palacio siempre en penumbra, con un zaguán, un patio con habitaciones alrededor y un piso superior. Al leer el nombre de la calle me entró la risa nerviosa (una casa tan regia y un señor tan serio en Molinillo del aceite). Enferma no parece, dijo Don Juan después de auscultarme. Mi madre le explicó. Se sentó a mi lado, acercó mucho su cabeza a la mía como si fuera a contarme un secreto. ¿No te gusta jugar?, ¿no te gusta salir a correr a la calle? Asentí. Pero prefieres quedarte en casa con tus cuentos y tus álbumes pegando estampitas. Lo miré a los ojos: Sí. El sí más rotundo de mi vida. Ni siquiera me recetó hierro o vitaminas. Supongo que por eso mi madre no volvió a llevarme al médico.

De todo esto me he acordado esta madrugada de confinamiento e insomnio. Siempre he sido de interior. Me provoca cierta incomodidad pensar que tendré que volver a la velocidad de la vida normal y que ya no puedo pedirle a nadie que me castigue sin salir.